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NAFIS Y LOS PASADIZOS DE COLORES de Alessandro Niccoli

Cap 15 SOÑANDO CON EL SER ANIMAL

Nafis pasaba muchos días en los que no tenía que estudiar ni compromisos especiales con sus amigos y, de improviso, durante su largo camino en búsqueda de certezas, de instrumentos para fortalecerse y poder así afrontar las adversidades y a los humanos poco humanos, buscando cada vez un mayor contacto con los bosques y sus animales, empezó a pensar en cómo podía pasarel tiempo para no caer en la desagradable sensación de estar perdiéndolo. En efecto, después de tantas tardes pasadas pensando en algo que hacer y haciendo cosas para sentirse en paz consigo mismo, a veces se sentía profundamente vacío. Entonces, llegó un momento en que dejó de estremecerse y, abrazando a su amigo Silencio, dejando que salieran de su interior todos los pensamientos que le ocupaban la mente, volvió a observar aún más el com- portamiento de los animales en una especie de contemplación hipnótica. Y, poco a poco, con la mente cada vez más libre, pudo comprender una gran verdad.

En los días siguientes, después de sus habituales y múltiples actividades, una tarde cuando llegó la noche, en compañía del Silencio, empezó a sentir la mente cansada, demasiado cansada, pesada... Aunque, por desgracia, todavía estaba despierta, demasiado despierta y no había forma de dormir. Tenía los ojos medio cerrados, pero mentalmente se quedaron fijos en el cielo estrellado y en el horizonte durante un tiempo indefinido. Ya no pensaba en nada. Sentía cómo fluía el tiempo, sentía que el universo se movía despacio, que trabajaba sin cesar también para él, sentía su energía y para estar bien solo tenía que quedarse quieto unido a ella y a la naturaleza que lorodeaba. Al día siguiente, sus ojos observaban a la vez el todo y su belleza individual, sindar órdenes, observaban y enviaban mensajes con la mente libre. Nafis se detuvo un buen rato con los ojos que pare- cían haberse vuelto de hielo en el cielo celeste y se confundían con este, cuando después se movieron solos de repentehasta fijarse en el vuelo de algunos pajaritos, apartando la mente de aquel especial estado de éxtasis y, en el mismo instante, percibió un movimien- to. Era un corzo que corría y que se detuvode golpe, inmóvil, con la mirada fija en una montaña, parecía que sentía algo. —Tal vez solo se está relajando—pensó Nafis—, porque ha corrido y también estará cansado. Pero ¿por qué se ha detenido de golpe y a mi lado? Quizás en este momento percibeun poco de aire puro, un silenciocoloridoconinterludios de leves sonidos de los árboles, allí, en ese punto concreto habrá sentido algo. ¡Creo que justo en ese punto ha decidido escuchar mejor la sinfonía de la naturaleza! Pero ¿a mi lado?—Se repitió Nafis. Después el corzo se dio la vuelta y lo observó un buen rato. Parecía,por sus ojos inmensos y llenos de naturaleza,que estaba compartiendo algo único que el animal debíacompartir con alguien. —¡Claro que sí!—Se dijo Nafis—, ese es el punto clave... ¡El hecho de compartir! La belleza se vive junto a otra persona, hay que com- partirla para adquirir la dignidad de esabelleza. ¿Y sus gatos con sus personalidades tan diferentes? Cuando Nafis se quedaba quieto pensando con la mente exhausta, a veces se ponía a observar el comportamiento de sus amigos gatunos: Casper, Sissy, Topolina y Panic. No eran todos iguales, cada uno tenía su carácter, quizás ancestral, miles de almas animales. Algunos se asombraban de las cosas más insignificantes para nosotros con un “prrr” o lo mismo era solo una señal para atraer la atenciónhacia su silenciosa y olvidada presencia, que nunca se enfadaba, era imper- turbable e inescrutable. A otros los dejaban a su aire porque no les gustaba que los molestaran, pero luego te los encontrabas de improviso siempre sentados a tres metros de ti, en cualquier sitio de la casa donde estuvieras. Alguno te decía con la mirada “aquí estoy” y, en cuanto lo llamabas por su nombre, escapaba. Pero todos eran increíblemente serios en su forma de vivir la vida o atentos, orgullosos de su casa y de su familia, celosos del afecto, si los acariciabas respon- dían con una señal, estirándose, abriendo mucho los ojos mientras te miraban, un bostezo, un maullido de saludo, un “prrr” de estupor, pero difícilmente aceptaban una acción que no fuera seria, una broma. Parecía que con la mirada o con su comportamiento te estabanadvirtiendo: “Pero ¿qué haces? Estás loco... ¡Yo soy un gato serio!”. Eso lo hacían todos, ¡eran guerreros pacifistas! Se pasaban el tiempo vagando con paso silencioso, se detenían de vez en cuando a observar el entorno con cu- riosidad, parecía que veían energías invisibles. Después se marchaban, era una búsqueda, todo les asombraba,

hasta que encontraban un lugar especial donde estar y quedarse un rato, aunque fuera el más insólito posible, quizás en la copa de un árbol o encima del buzón. Buscaban y encontrabansu centro perfecto de paz. Así, se colocaban en posición de descanso con las pa- tas cruzadas que desaparecían en la nube de sus pelos; la calma era entonces total con los ojos entornados, los bigotes erizados como radares de defensa y las orejas tiesas. Disfrutaban mucho de todo aquello, desde el princi- pio de la búsqueda hasta llegar a la meta, hasta que se sentían atraídos por algo que valía la pena, un lugar perfecto donde estar en paz y allí se quedaban mien- tras el tiempo parecía detenerse y ya no se movían durante horas y horas.No tenían problemas, si dormían o estaban despiertos, si pensaban o sentían algo. Si les ocurría algo a ellos o a alguien en su presencia, no mo- vían ni un músculo mientras no se violara la distancia de seguridad y, en ese caso, se ponían a la defensiva dispuestos a saltar. Simplemente contemplaban cómo fluía el aire puro, el sonido de los pájaros, la paz que la naturaleza les ofrecía, el ruidoso silencio, las energías invisibles, tal vez presentes que, a veces, parecía que observaranatentos, atraídos... Así son los gatos.

No conocían la inquietud. Eran parte integral del entorno, lo vivían en toda su armonía. Luego llegabas a casa después de un día fuera y ellos volvían a deambular y a pararse a tu alrededor, a bos- tezar y estirarse, a observarlo todo, tus movimientos, preparados para permitir que te acercaras. Estaban buscando un contacto, compartir la amistad con un ser humano al final del día. Pero quizás fuera algo más, demostraban unos sentimientos y lo hacían con voluntad, no por necesidad ni por instinto... Nafis fijo al fin: —Creo que los gatos se encuentran entre los primeros seres que descienden directamente de las estrellas y quieren con voluntad, tal vez por el beneficio per- sonal del propio gato, que es muy digno: quieren paraser libres. Y no era por la comida que, de hecho, todavía seguía en el cuenco. Nafis se preguntaba: “¿Cómo es posible que nosotros los animales humanos tengamos siempre la necesidad de estar haciendo algo y estemos nerviosos, ansiosos, en una situación mental a menudo estresada e infeliz, a la búsqueda continua de un resultado, una afirmación tangibley que también puedan reconocer los demás?

Eso es lo único que queremos compartir, nuestro éxito, nuestros resultados. Unos resultadosque a menudo conseguimosde buen grado, pero no nos satisfacen de manera que nos per- mitan estar tranquilos. Justo después, tenemos que buscar otra cosa, pero ¿para qué? ¿Solo para exponer- nos de inmediato a una situación de ansiedad por el resultado, a un pensamiento activo y de estrés? Y esto con la ilusión de encontrar un día u otro la felicidad, con el efecto de aplazarla y no vivirla, de sen- tirnos siempre cansados, sin tiempo, con ansiedad y, a menudo, con una existencia sinesencia hasta agotar toda la vida sin haber vivido, sin haber saboreado cada momento, cada día las bellezas del mundo, la amistad, los sentimientos ydespués de haberarruinado también el entorno para crear riquezas inútiles, una felicidad efímera para llegar después, de repente, actuando de ese modo, al final de la vida sin haberla vivido”. Entonces Nafis, después de haber observado durante muchos años a los animales, al pensar en su compor- tamiento, habló con sus amigos de su forma de actuar: —Ellos disfrutan del entorno en el que viven, lo perciben con toda su música, no dejan de estar satisfechos de él. Y ni siquiera tienen una razón, eso es lo que pensamos de ellos.

Por el contrario, nosotros vivimos siempre de prisa, atrapados por innumerables obligaciones y casi siempre relegados a entornos cerrados. A diferencia del hombre que vive en un continuo estado de aprensión y de una postración incurable, estrés y alarma, los animales viven saboreando la paz y la belleza del entorno, y es muy raroque se alarmen, es decir, solo si hay un peligro real y tienen que huir de inmediato o cuando tienen hambre. Una vez resuelto el problema, vuelven a contemplar el cielo y el latido de su corazón seserena, escuchan a la naturaleza, la observan contemplando una flor o a uno de sus semejantes al correr. Después, se dan la vuelta y, como si la naturaleza fuese una película infinita y apasionante, cambian de canal observando ahora a una abeja mientras trabaja y es posible que sepregunten qué está haciendo con tanto empeño. Parecen saber, en su ADN está todo escrito, todos los recuerdos. Saben que las abejas son muy importantes para el mantenimiento de la biodiversidad y la conservación de la naturaleza, son polinizadoras. Las observan admirados de su forma de actuar, de sostenerse en el aire, posarse en una flor y las aprecian. Nosotros lo sabemos de forma científica, pero no consciente. No las valoramos, no las contemplamos y, si podemos, las exterminamos. De hecho, sin las abejas, la naturaleza sería pobre, faltarían los frutos, fuente de sustento de los animales y las personas. ¡La vida se acabaría en el planeta si desaparecieran las abejas! Algunas hierbas y variedades de árboles necesitan recibir el polen de plantas similarespara reproducirse, una función que realizan sobre todo las abejas. La silenciosa relación de las abejas con las plantas es tan antigua como su propia existencia. Si estamos tranquilos, las abejas dan vueltas a nuestro alrededor, se detienen en el aire durante unos segundos frente a nosotros, nos observan y nos pueden comunicar algo ancestral. Esperan un poco pero, como no obtienen de nosotros nada interesante, se van tranquilas a descansar, después de mucho trabajar. Aun sabiendo lo importantes que son, el hombre no quiere proteger a estos pequeños y maravillosos insec- tos, que mueren por el uso de pesticidasen la agricultura, que también son nocivos para nosotros los huma- nos por su toxicidad que invade los alimentos y hace que las abejas pierdan la orientación y sus capacidades motoras y nerviosas hasta matarlas.

La inclinación humana a matar y destruir el planeta la encontramos cuando, al ver una colmena cerca de casa, corremos a buscar gasolina, un periódico y hacemos fuego para exterminar, como de costumbre, a animales inocuos o que no son tan peligrosos como para merecer la muerte, seres de la naturaleza quemados y envenenados. Ni siquiera podemos concebir una convivencia pacífica y útil en un principio sagrado de reciprocidad natural. El hombre ha perdido el amor por todo lo queen su opinión no está a su altura y, porúltimo, por la propia Tierra. Tenemos que querer a estos insectos, no tenerles miedo, no usar espráis asesinos. Sus picazones no son peligrosas, a menos que la persona sea alérgica. Producen la miel para sustentar a la colonia en los meses invernales, la jalea real para la abeja reina, el própolis para mantener lejos los hongos, las bacterias y los virus de la colmena, y la cera para construir y modelar sus celdas. Nosotros los humanos ¿qué producimos que sea útil? Solo robamos, se lo quitamos todo a la naturaleza, em- pezando por la miel de las abejas. ¡Obtenemos dinero y con él elaboramos también el veneno que ha intoxi- cado al mundo entero!

Esa es nuestra forma nociva de pasar el tiempo, para encontrar al final esa sensación de vacío e inutilidad que no sabemos lo que es, que sofocamos con alcohol o pastillas y, si va bien, con sesiones de psicoanálisis. Pero ya está claro lo que es, está claro el por qué. Si no producimos bienes nos sentimos inútiles, si producimos bienes, somos destructivos, ¿cómo podemos estar tranquilos y en paz con esta lógica? La solución sería fácil. Bastaría detenerse un momento a contemplar la naturaleza y respetarla como hacen los animales. Las estaciones que pasan lentamente cada día siempre diferente a los demás, diferente y único, el cielo que cambia de color y de imagen hora tras hora, ofreciendo escenas continuamente nuevas y únicas. Pero el problema es muy complejo y está relacionado con el desmesurado egocentrismo que ha provocado la sociedad moderna. La atención se concentra en nuestro ego proyectado en el exterior, en poseer cosas y personas, sueños efí- meros. Mientras que, si miráramos en nuestro interior con la ayuda del silencio y la naturaleza, podríamosdespertarnos. Hoy sentimos ansiedad y tomamos pastillas, mañana nos encontraremos cansados y tomaremos litros de café, al día siguiente, nos sentiremos eufóricos y consumiremos alcohol. Mientras tanto, nos sentimos in- completos y acumulamos bienes en detrimento de la naturaleza para creer que somos felices y luego se lodevolvemos en forma de residuos y veneno. Desde siempre, los animales se curan con medicinas naturales. Cuando los lobos tienen dolor de estómago, comen hierbas curativas, igual que los perros y los caballos. El saber de la naturaleza, que los animales comprendieron y que alguna civilización recuperó, consiste en acompañar el problema y la enfermedad, en llevar de la mano al “enemigo”. Se le acompaña para utilizar su misma fuerza y hacer posible la cura. Las antiguas artes marciales y la homeopatía lo han entendido, no utilizan la oposición, el conflicto, la vio- lencia de las coacciones, sino que se ponen al mismo nivel que el miedo, el problema, nuestra sombra, nuestro monstruo interior, lo toman de la mano acompañándolo con nosotros, conociéndolo bien y haciéndose amigos.Después de esto, por medio de una armoniosa y larga danza con él, con paciencia y amor, consiguen el objetivo de la curación. Nafis dijo a sus amigos para ponerles un ejemplo: —Durante la cuarentena por causa de la pandemia, las personas que han sabido vivir bien el confinamiento lo han superado y han crecido interiormente. Es necesario estar en paz y armonía con nuestros miedos, hacerlos realidad en nosotros antes de que lohagan ellos solos y provoquen daños. La homeopatía nos introduce día a día dosis minúsculas de aquello que nos hace daño. Esto debemos apren- derlo a nivel emotivo y energético de los animales, de su forma de observar y se abrirán nuevos mundos. Ya no habrá una única realidad sino miles de soluciones, intuiciones, posibilidades y aventuras. Es una medicina que no procede de las universidades, sino de nuestro Maestro interior, que nos enseña a aca- bar con nuestros límites en un camino consciente que nos llevará al verdadero conocimiento. Un animal cualquiera, del gato a la ardilla, el perro, el gamo o el pájaro, pasa el tiempo observando lo que tiene a su alrededor: un valle, una flor, una mariposa, una golondrina, sus revoloteos. Se queda fascinado por su misterio, las acrobacias y los giros, la belleza y la geometría. Después, la golondrina se une a otras y cantan y graznanen picado, revolotean de improviso y desapare- cen,volviendo solo para recibir su recompensa.

¿Y si es el animal el que ha comprendido plenamente el misterio de la naturaleza? El animal sabe detenerse a contemplar todas esas dinámicas especiales, saborea el lento transcurrir del tiempo sin aburrirse, donde cada instante tiene su función, asimila su música y su plenitud, se siente alentado por ella. ¿Y el hombre qué hace? Ha olvidado hacerlo, ha olvidado disfrutar de la belleza, la ha destruido y envene- nado, incluso a sí mismo y luego quiere volver a crearla con obras tóxicas como rascacielos futuristas, puentes,megalópolis y fábricas. Si no fuera por los artistas que la recrean con corazón y pasión, no quedaría nada bueno de nosotros. Nafis, atrapado por miles de ideas e interrogantes sobre los movimientos naturales, contaba todo esto a sus amigos que lo observaban como si él también fuera una abeja que trabajara para la conservación del mun- do. Y, al fin, dijo: —Todos juntos tenemos que cambiar nuestra forma de comportarnos con el planeta y los animales, de for- ma simple y por arte de magia, volviendo a ser lo que somos...animales. El engaño empezó con el atropello del Humanismo, donde el hombre se representaba en el centro de una 281

espiral y se admiraban los valores de la fuerza, la dominación y la superioridad. El ejemplo principal de esta euforia lo encontramos en la obra de arte de Leonardo da Vinci, el Hombre de Vitruvio, creado al buscar las proporciones humanas perfectas, símbolo de la perfección humana comparada con la divina. —Vaya, —resoplaba perplejo Nafis, volviendo la mirada por completo hacia su propio interior y dijo—: La cosa nos confunde, teniendo en cuenta que para los grandes filósofos griegos la naturaleza era algo supe- rior a nosotros. Aristóteles afirmaba: La naturaleza encierra en sí misma el principio del movimiento: las cosas inanima- das, las plantas, los animales; todos los seres que cambian, se mueven y se reproducen sin la intervención del hombre. Los antropocentristas quedarán decepcionados, pero la verdad es que somos animales, engranajes pensantes y deseados por la naturaleza, que es la que determina cuándo hemos de nacer e, irremediablemente, cuándo hemos de morir. Somos animales, eslabón esencial de la cadena na- tural, un eslabón que hoy está roto, con el afán de poseer, de tenerse que recuperar para volver a ser.

La inteligencia antigua del animal que ha conservado su instinto, pura sabiduría, está todavía ahí intacta. El hombre la ha echado a perder, centrándolo todo en su razonamiento y ahora nosotrostenemos que recu- perarla con todos los esfuerzos posibles, pero también con ejercicios simples para vivir bien en ella: contem- plar y amar a los seres de este planeta, sus árboles, el agua y la tierra viva, a la Madre Tierra a la que debemos dar gracias, a nuestro amigo Silencio, al que ya hemos aprendido a apreciar y que a veces nos habla y nos ayuda. Unirnos a la naturaleza y ayudarla en todo momento, liberar a una mariposa, una araña o un murciélago atrapado en el techo, saciar la sed de los pájaros en verano o alimentarlos en invierno. Por ejemplo, podemos empezar creando zonas para salvar a las abejas, donde las abejas y los demás in- sectos polinizadores puedan encontrar refugio y alimento, sembrando flores en el huerto, el balcón, en unparque o en el jardín. Nuestras pequeñas acciones le ofrecerán al mundo no solo una gran riqueza recuperada, sino también riqueza de ánimo, y nos aportarán nueva energía y deseos de vivir en el mundo todos los días ofreciendo una pequeña ayuda a animales muy importantes que viven a nuestro alrededor y también trabajan para nosotros. Nuestro humor mejorará con una respiración más fuerte y más llena de energía, sin necesidad deaparatos ni medicinas. Saborearemos la alegría de vivir en simbiosis con ellos en la naturaleza; la esencia de la belleza del mundo nos atrapará y podremos vivir más libres al comprender que no estamos solos, que unos viven en función de otros y del planeta. La propia abeja, las le- chuzas guardianas de la noche junto a los lobos dueños de la libertad, los delfines príncipes de los mares, las golondrinas que vendrán todas las noches a revolotear a nuestro alrededor, porque nosotros las admiraremos y ellas lo entenderán. Tendremos nuestra función natural, encontraremos nuestro espacio, la ubicación exacta que hoy se ha per- dido solo porque creemos que somos superiores según nuestra lógica. Pero los que se sienten superiores al final se perde- rán en elvacío de su ego. Debemos proteger el mundo, dejando de lado nues- trasansias de poder y de posesión compulsiva perdien- do el tiempo en explotar y destruir, y sintiéndonos cada vez más insatisfechos y deprimidos. Paradójicamente, ni siquiera sabemos cuál es el motivo de nuestra tris- 284

teza y malestar, además de una gran estupidez. Nunca soñaremos con ser libres como las grandes aves que planean sobre nuestras cabezas lentamente, viendo lo pequeños y tontos que somos mientras nos movemosde un lado para otro. Aves rapaces... para los pueblos antiguos, las grandes águilas sagradas, los grandes espíritus. También la importancia del vacío, que no es una enfermedad del silencio interior ni tampoco es soledad, tenemos que aprenderla de los animales. Ellos son los que pueden salvarnos y enseñarnos a salvarnos, a sal- var el planeta. En nuestra sociedad, detenerseapensar o, simplemente, a contemplar algo equivale a rendirse y eso tiene unaacepción negativa, porque las personas fuertes lu- chan, no se paran nunca porque piensanque así tienen más posibilidades de conseguir un poco de felicidad. ¿Y si fuera oportuno detenerse? ¿Dejar de pensar, hacer o producir para permitir que las cosas vayan como tienen que ir? ¡Contemplar, vivir! ¿Acaso no es eso la vida? Así reflexionaba Nafis con sus amigos mientras a su lado una liebre parecía participar en la reflexión, como si aprobase lo que estaban diciendo y meditando. —Los animales solo con quedarse quietos en la naturaleza contemplándola ya han alcanzado sus objetivos. Aprendiendo de ellos, pasando el tiempo admirándolos, percibiremos el camino que han creado con imágenes. Tendremos que aprender a sentir, el objetivo será recoger nuevas imágenes y sugerencias para nuestra mente. Si los resultados que queremos conseguir no se ajustan a nuestra verdadera esencia, puede que nuncalos alcancemos, a pesar de nuestra tenacidad. Por eso, nuestras desilusiones serán infinitas, a pesar de que el mundo lleva bastante tiempo esperándonos como al importante eslabón que falta en una cadena en la que, paradójicamente, todavía ignoramos cuál es nuestra función. Pero es la naturaleza la que laconoce y la ha organizado, mientras que nosotros hemos roto esa cadena con la razón. Por eso tenemos que detenernos, confiarnos al silencio interior y al vacío para recuperar el camino correcto. El vacío positivo, creado con nuestra esencia plena, es el ser, es parte de nosotros, es riqueza y, si quere- mos, se deja sentir con toda su fuerza. Se llega a él con la meditación, cuando dejamos que se vayan los pensamientos y, sobre todo, los deseos, las expectativas y las esperanzas, que son nuestras verdaderas cadenas.

Hiang-po decía que los hombres tienen miedo aabandonar la mente porque les asusta el vacío, pero no saben que ese es el reino del auténtico Camino. Para la cultura oriental, el vacío es la “leche del alma”. Nos sentimos bien cuando estamos vacíos, pero entendido aquí en sentido positivo, no cuando estamos llenos de pensamientos. Los pensamientos hacen que enfermemos. Vacíos de pensamiento, pero ricos de espíritu. Por el contrario, en la cultura occidental, si decimos que nos sentimos vacíos, lo vemos como algo negativo, cuando el vacío más que un enemigo es un aliado. Creemos que hay que llenar ese vacío cuando bastaría seguirlo para encontrar el camino que estamos buscando. Por el contrario, llegamos al vacío negativo, el que se obtiene cuando estamos cansados de todo y desilusio- nados hasta tal punto que nos hundimos y caemos en depresiones anormales y epidémicas. Deberíamos conectarnos con el vacío auténtico mucho antes de que este llegue por sí solo y nos encuen- tre débiles y desprevenidos, asustados, porque en ese silencio es donde realmente se encuentra la solución a nuestras inquietudes.

Rendirse al vacío es lo contrario de lo que hacemos habitualmente, como, por ejemplo, buscar soluciones racionales y, sin detenernos a meditar, nos hundimos en los principios de la acumulación. Mientras que entrar en el vacío es entrar en nuestro interior, un espacio donde las soluciones afloran y los problemas se desvanecen. Carl Jung expresa en su Libro Rojo la convicción de que los pensamientos son limitantes y dice que no te- nemos que cargar con ellos, incluido el conocimiento. No cargar con nada de lo que llena el cubo, una carga inútil que no es más que agua. De lo contrario, solo veremos su reflejo haciendo un enorme esfuerzo y nada más endirección a nuevos conocimientos, nuevos caminos. En la riqueza, en los bienes materiales, en el prestigio, solo veremos el reflejo de la luna en el agua del cubo, mientras que la verdadera luna está ahí arriba. Es necesario dejar caer el cubo para que se salga el agua. Solo eso nos permitirá levantar la mirada y ver la luna auténtica en el cielo. Pero antes tenemos que haber conocido el sabor del vacío, debemos dejar que se caiga el cubo de nuestra mente y de nuestros pensamientos: ya no tenemos agua ni luna en las manos, solo vacío.

Nafis concluyó así sus ideas con los amigos, mientras que todos miraban el inmenso valle, parados a laentra- da de su bosque. Se quedaron en silencio durante mucho tiempo hasta que se hizo de noche. Entonces vieron un águila ratonera alta que planeaba serena y todos se olvidaron de la hora, del tiempo, de los pensamientos, y se quedaron abrazados al vacío, abrazados idealmen- te entre ellos sintiendo la presencia de los animales. Después, como por arte de magia, se vieron invadidos por nuevos pensamientos hasta que, a un cierto punto, el amigo Enearompiendo ese momento creado por un silencio positivo, se preguntó a sí mismo y a los demás: —¿Soy yo con mi voluntad el que está mirando al cielo o es que mi cuerpo y mis ojos forman parte del cielo? Tal vez el águila ratonera estaba allí para decirnos algo, nos observaba y nos percibía. Después se levantaron y se dirigieron en silencio a casa sin pensar en nada. Hacía una noche magnifica. Por el camino, Enea continuaba con sus reflexiones en voz alta: —Los animales tienen una visión de la vida y del mundo que nosotros los humanos ya hemos olvidado, visualizan sus imágenes, las persiguen e, inevitablemente, se hacen reales hasta que nosotros las destrui- mos. Ellos no sienten el racismo ni el especismo, viven la profundidad y la espiritualidad de una vida sana y natural. Nosotros los humanos hemos perdido esas cualidades o ni siquiera hemos llegado a tenerlas y además consi- deramos a los animales poco inteligentes. La ciencia que estudia el comportamiento de los animales se limita a descodificar lo que ve y siente: sonidos, comportamientos, movimientos, formas de relacionarse, alimentación, cortejo, fuga o ataque, re- legándolos con frecuencia a un instinto privado de vo- luntad. La ciencia sostiene que los animales, al tener un cerebro menos complejo, seguramente son menos inteli- gentes que nosotros los humanos, porque los estudios se basan en la comparación con nuestro cerebro que se considera más evolucionado y, por tanto, se pueden ver como seres que no sienten ni padecen. Nafis exclamó entonces: —Seres que no sienten, que pueden ser violados, torturados en campos de concentración, transporta- dos vivos a mataderos para sacrificarlos después de haberlos masacrado, amontonado en camiones durante días sin agua y de observarlos sin hacernos ni una sola pregunta sobre sus ojos brillantes cuando pasamos de- lante de ellos con el coche. ¿Ni una pregunta sobre esas criaturas en sus últimos viajes de sufrimiento que después acaban en nuestro comedor, en laboratorios de experimentación, encerrados en circos y zoos, todo ello para nuestro placer? Por tanto, según la ciencia y la cultura general, ¿estamos autorizados para torturar y asesinar impunemente a todas las demás especies sin ningún escrúpulo? Una cultura que desde la cuna del mundo griego pre-cristiano no ha hecho más que involucionar, pero que hoy se tiene que recuperar con inmanencia. Junto a la ciencia, también encontramos algunas re- ligiones que convierten al hombre en el ser superior de todas las especies vivas, porque fue creado a imagen y semejanza Dios. Los animales, aprisionados entre la arrogancia y la incoherencia, y la inmoralidad de la ciencia y la reli- gión, nunca han tenido un reconocimiento por parte del hombre, que ya llevaba tiempo encerrado en su presunción más miserable, con sus miedos y la incapacidad de saber vivir, que ya no forma parte de la Tierra. Pero, en todo esto, los animales son tolerantes con el hombre y su prepotencia, y recorren su camino, siguen contemplando la Tierra, el verde de su naturaleza y sus rayos de luz... Son pacifistas. Llegan a extinguirse antes que entrar en competición con la especie humana. El patrimonio de conocimientos de los animales incluye valores que no tienen nada que ver con la guerra y la destrucción. No combaten ni destruyen el ecosistema, algo inaceptable para ellos porque significaría su muerte y lo saben, pero parece que nosotros no. Ellos viven el mundo, lo contemplan todo el tiempo con una inimita- ble convicción, a cada instante. Pero eso ante nuestros ojos no es más que la confirmación de su escasa inteligencia y no la señal de que son especies pacifistas, preocupadas por el entorno y más evolucionadas. El hecho de no reconocer a fondo la esencia de otras especies, su “cultura”, sus capacidades de percepción nos impide establecer cualquier tipo de comunicación con ellos. Por lo demás, la cosa se complica desde el momento en que, con nuestro estilo de vida ocupado, sedentario, entre cuatro paredes, alimenticio, hemos perdido todas las percepciones sensoriales. Y entonces, de manera errónea e injusta, consideramos a los animales incapaces de comunicar y que solo saben emitir sonidos que nosotros llamamos con desprecio “ruidos”. Con el egocentrismo humano se ha establecido que la lengua hablada es el único modo de comunicación dig- no de ser definido como cultura. ¡El hombre no puede entender que las criaturas de su mismo reino animal se comunican entre sí y con nosotros! Se comunican con las formas y los medios que les son propios, formas muy antiguas y evolucionadas, que van mucho más allá de nuestras falsas palabras. Se trata de la percepción sensorial, la telepatía, la visualiza- ción de imágenes y trasmisión o recepción telepática de las mismas imágenes, en lugar de un lenguaje com- plejo y articulado de sonidos y del cuerpo. Los animales están ahí, pacientes e imperturbables, delante de nosotros. Nos observan, ven a seres obtu- sos, pero se compadecen de nosotros y mueven las orejas para mandarnos una señal. Nosotros nos quedamos quietos y, en nuestra arrogancia, no comprendemos nada de lo que nos está diciendo. Para todos los seres vivos, la telepatía es la forma de comunicación más antigua. Los hombres ya la han perdido o nunca han profundizado en ella en beneficio de la palabra.

Pero los animales todavía utilizan ese lenguaje universal y no reprimen sus sensaciones como hacemos nosotros. A través de ellas se comunican, conocen y exploran todas las realidades que encuentran en su camino. Utilizan la telepatía para las imágenes, pero también para las sensaciones. Nos comprenden más de lo que podemos imaginar, por eso casi nunca se fían denosotros. Cada grupo crea para sus miembros un vínculo impal- pable y en ese vínculo es donde se realizan las comunicaciones telepáticas. Las personas que viven con animales saben que basta pensar, por ejemplo “ahora salgo” para ver a nuestro perro preparado para salir, porque el perro capta la imagen de su amigo humano saliendo a pasear. Nafis contó: —O, por ejemplo, mis gatos Sissi y Panic, que nunca juegan juntos, una noche, en la paz y el silencio de la casa del bosque de mi abuela, los vi sentados a cierta distancia y yo, en lugar de hablar, pensé: “pero por qué no jugáis vosotros también un poco como los demás” y, de manera espontánea, como rara vez me sucede, vi la imagen de ellos jugando. Un momento después, algo me turbó profundamente: Panic y Sissi se perseguían el uno al otro haciendo piruetas y bandazos

inimaginables: habían recibido mi visualización. Los animales captan y nos hablan siempre a través de la telepatía de las imágenes y las sensaciones, pero nosotros no conseguimos entenderlos, inmersos como estamos en una multitud de pensamientos caóticos sin descifrar nada o casi nada de lo que tratan de comunicarnos, de lo que la naturaleza nos transmite. Para escuchar a la naturaleza y hablar con los animales, debemos vivirla y disfrutarla contemplándola, abandonar nuestros prejuicios con respecto a estos y aprender una forma de comunicación diferente, la te- lepatía, que para ellos es un proceso naturalen el que no necesitan estar unos delante de otros ni gesticular. Bastapensar en lo que queremos transmitir con lamente libre de pensamientos, usando las imágenes y el animal lo entenderá. Si transmitimos amor y paz, la naturaleza nos responderá enriqueciéndonos, el animal nos responderá con sus reglas y criterios. Un caballo miedoso se acercará, por el contrario, si transmitimos agitación o mie- do, huirá o nos atacará. Nafis explicó: —Un día, me fui a andar para llegar a la cumbre de un monte de apenas 1000 metros de altura, pero muy hermoso por su ubicación. Desde él se ve al norte el llano de lo que fue una gran y magnífica ciudad me- dieval incrustada entre los montes, al este la montaña de referencia que todos ven desde nuestro gran valle, al oeste la llanura de una alegre y radiante ciudad de mar y al sur el Monte Sacro con el gran mar en el horizonte que, como siempre, hacía injustamente el papel del león, apoderándose él solo de todo el sur, el oeste y el norte para reafirmar que era el único, el más grande, el inimitable, el más fuerte y el más bello. Durante la salida, una vez en el bosque, vinieron corriendo a mi encuentro un perro Rottweiler y un Pastor de Maremma sin correacon actitud agresiva. Me paré sin moverme, sabía que ellos conocen el lenguaje del cuerpo y, telepáticamente, los mensajes de la mente. Me olvidé del miedo... Pensé que los acariciaba, pero no hice ningún movimiento. En ese momento, empezaron a mover la cola, a dar vueltas a mi alrededor y aolerme las manos; me miraron un poco más, pero no sé lo que me dijeron. Quizás me preguntaron si en el valle había peligros, pero, por culpa de mi silencio, desilusionados por haberse encontrado con una espe- cie humana no demasiado comunicativa ni útil en aquel momento, retomaron enseguida su camino en dirección al valle. Después de 40 minutos caminando, llegué a la cima y me encontré con otro perro pastor. Tenía sed, le di un poco de agua y luego, frente a aquellas increíbles vistas, recobré el ánimo y medité un rato. Me comí el bocadillo y, al final, pensé: “qué belleza, casi me dan ganas de no bajar” y se hizo de noche. De este modo, Nafis estaba llegando a la conclusión de su razonamiento y todos sus amigos, atentos, consi- deraron que estaba lleno de fundamento: Con la práctica, al contemplar la experimentación, el silencio y la respiración, tomarán forma en nuestra mente las imágenes y las sensaciones fruto de la experiencia y de la expresión de quien las transmite, y nos sentiremos parte de un grupo, en una comunicación ancestral, una parte integral del gran pueblo de la naturaleza. Si superamos el antropocentrismo que nos caracteriza, nos lanzamos al ruedo del mundo natural ynos damos tiempo para aprender, podremos descubrir sus bellezas ocultas y los fascinantes misterios que este nos tiene reservados, que solo hemos aprendido a mirar sin verlo, sin escuchar su gran sinfonía. Uno de nuestros objetivos principales en la vida debería ser aprender de la naturaleza, de los animales para volver a entrar de pleno derecho en su Reino, en

sus dinámicas, recuperar nuestra función y contribuir, desde dentro de la naturaleza, a la completa culmina- ción de sus ciclos y de su perfección, más allá de la culminación que buscamos inútilmente en las ciudades, en nuestro súper ego yen los bienes materiales. Sus amigos se quedaron atónitos, la reflexión sobre sus palabras les había cambiado los ojos, se habían vuelto brillantes, profundos, ya no veían a Nafis ni las cosas de su alrededor, sino algo distinto, quizás todo el universo, tal vez los ojos del águila ratonera en un vuelo circular por encima de ellos o su propio interior que ahora era más fuerte y seguro de sí mismo. El amigo Enea tomó la palabra y les dijo a los otros, quitándose la flor que a menudo llevaba en los labios: —A propósito de aquella águila ratonera que apareció de improviso la otra noche, hablando de estas cosas, de águilas y garzas, me llegó una señal: ¿que el águila ratonera no había percibido nuestra atenta presencia, nuestra fuerte energía? ¿Que no llegó por casualidad para comunicarnos algo en ese preciso momento? A los animales no hay que observarlos sin más para admirar su belleza, su forma de actuar, sus movimientos sublimes, sino que hay que contemplar su mundo, el mundo con sus ojos, poder imaginar lo que siente un animal cuando observa las cosas, la razón por la que lohace.

Su cuerpo se relaja cuando observa a una garza o un águila ratonera que planea sobre nosotros, mientras estamos concentrados en la calle mirando los coches, el asfalto que tenemos delante, mueve la cabeza in- trigado y sus ojos profundos, avispados, de un color indescifrable, llenos de toda la plenitud de la natura- leza, en dirección a todo lo que no sea carretera, alocaso, a un bosque y después, de repente, a una colina mientras,durante el vuelo, su cuerpo cambia ligera- mente de dirección y extiende las plumas al viento con las alas muy abiertas para dibujar unas geometrías de vuelo increíblemente perfectas. Geometrías que todos envidiamos después dehaber creado pájaros de acero voluminosos e inútiles. ¿Por qué el águila ratonera, la golondrina o el estor- nino cuando observan la naturaleza, cuando vuelan y se desperezan suavemente se sienten en paz? La res- puesta es simple: porque están en el “todo” ¡porque son el fruto perfecto de la naturaleza y se lo agradecen cuando dan vueltas con sus increíbles caídas en picado y sus acrobacias! Solo disfrutan en la natura- leza, la dominan y son dominados por ella. Sus ojitos profundos y avispados no solo ven, también observan, descartan lo inútil, lo feo, se enriquecen con la belleza que los atrae, con una cultura ancestral muy rica, ¡son los ojos de la naturaleza! Nosotros deberíamoscontemplar el mundo igual que ellos, es decir, no solo admirar las formas estéticas y dinámicas del animal, sino ir más allá: admirar el mun- do con esos mismos ojos, con sus ojos. Nafis, como todos los demás, se quedó estupefacto ante la idea simple pero genial de Enea, en la que ninguno de ellos había pensado antes: “mirar no solo al animal, sino observar el mundo con los ojos del animal”. Reflexionó sobre ello durante días hasta que comprendió su profundosentido. Un sentido que siempre había llevado dentro, pero que no había podido captarlo ni expresarlo con palabras. Después lo comprendió gracias a todo el tiempo que había pasado observando la naturaleza y a los animales, a la chispa que había surgido de la mente de Enea y, por último, cerró el círculo de aquella intuición leyendo una historia que presenció por casualidad... o quizás no fue casualidad. Una de aquellas noches, frente al ocaso, Nafis contó la historia a los demás. Necesitaba cerrar el círculo de todos los conceptos que hasta entonces se habían expresado y que después su amigo Enea había resuelto de manera sublime. Lo hizo cuando fue con sus amigos a la playa perfecta.

Era su playa ideal, especial por el calor y la paz que hablaba de ella misma, habitada solo por animales, ga- viotas en el cielo y zorras que se les unían a menudo desde el inmenso pinar, sobre el mar. También había insectos inverosímiles, de corazas extrañas, que caminaban por la arena, mariposas enormes y de colores que revoloteaban, matas perfumadas y dunas cálidas y maravillosas, un mar que se extendía a 180o hasta donde alcanzaba la vista, al norte, al sur y al oeste, con el viento del oeste que llevaba su mejor energía. Era la playa perfecta para poder incluso vivir en ella. La habían descubierto cuando estaban explorando para limpiar las playas y los pinares invadidos de plásticos y colillas de cigarrillos. En el momento de mayortranquilidad, con el sol tem- plado saludando a los presentes en un mar en calma por su espíritu sereno, el mismo de los pensamientos que Nafis siempre tenía en la mente, flotando en un agua tan serena como flores de loto en lagos tranquilos como el aceite, explicó a sus amigos todo el signifi- cado de la existencia de la vida en esta Tierra. Al fin se había manifestado su significado, después de sus múltiples excursiones a la naturaleza, en las últimas reflexiones planteadas junto a Enea y que después se sintetizaronglobalmente en la lectura de Nafis que daba a los presentes la férrea confirmación que coronaba las intuiciones perseguidas desde hacía tiempo, perfecta en aquel momento, que les llegaba justo cuando la habían comprendido, quizás impulsada por energías cósmicas convergentes: la historia era la aventura de un gran amante del mar que había trans- mitido a la humanidad un mensaje inestimable. Se trataba de Enzo Maiorca: —Estaba inmerso en el cálido mar del Sur y hablaba a poca distancia con su hija que se encontraba en la barca preparada para sumergirse con él en los abis- mos. De repente, sintió que le rozaban suavemente una mano, se volvió y vio a un delfín. Enseguida comprendió que no quería jugar, sino ha- cerle saberalgo más. El delfín se alejó rápidamente y Maiorca lo siguió nadando. Después, el delfín se sumergió y Maiorca lo siguió hasta las profundidades donde vio que había otro del- fín atrapado en una red para pez espadaabandonada. Maiorca salió rápidamente a la superficie y llamó a grandes voces a su hija para que fuese a donde él es- taba con dos cuchillos de submarinismo. En muy pocos minutos, Enzo y su hija pudieron liberar al delfín atrapado en la red que, a pesar de estar agotado, consiguió emerger y con un grito, según dice Maiorca “casi ungrito humano”, al fin pudo respirar. El delfín liberado permaneció inmóvil un rato, mien- tras que Enzo, su hija y el otro delfín permanecían a su alrededor con enorme inquietud. Luego, de improviso, se recuperó y la energía entre los tres empezó a fluir con intensidad: la empatía los había fortalecido. Descubrieron que era una hembra porque, poco des- pués, parió un delfinato. La madre y su cría se alejaron en el mar, mientras que el delfín que había advertido al hombre del mar, para los demás hombres “el mito del mar”, dio una vuelta alrededor de los dos humanos y se detuvo un instante delante de Enzo Maiorca. Le dio un golpecito en la mejilla, que pareció un beso como expresión de su gratitud y se alejó para siempre en busca de sus semejantes. Debían vivir a tope su mundo y el nuestro, su naturaleza era fuerte, estaba en su interior. Todos los que se encontraban en la barca se pusie- ron de pie con los ojos brillantes para dar un largo y caluroso aplauso. Enzo Maiorca les dijo después: —Hasta que el hombre no haya aprendido a respetar y a dialogar con el mundo animal, no podrá conocer su verdadero papel en esta Tierra.


ÍNDICE NAFIS Y LOS PASADIZOS DE COLORES Prólogo de Anna Vannucchi 7 Testimonios 11 1. Mi nombre es Nafis 15 2. Nafis y los pasadizos de colores 36 3. Fantasía y sueño 52 4. La difícil elección entre el amarillo, el verde y el azul 64 5. El camino con los amigos 73 6. Nafis y los bosques perdidos 79 7. Las bases del futuro 97 8. Nafis se encuentra con las vacas 1239. Los hombres que fingen no entender 135 10. El espejo de una sociedad enferma 147 11. Nafis y los hombres sin remedio 176 12. La batalla que se puede librar 199 13. Nafis cuenta las historias al revés 232 14. La vida día a día 258 15. Soñando con el ser animal 16. Nafis se pregunta qué hay después de la vida 305 17. Nafis descubre los sentimientos 317 18. Nafis mira las estrellasy descubre el amor 325 19. Nafis y los opuestos, la cultura y las raíces 340 20. Nafis y la belleza 355 21. Un sentido en el siglo XXI 366 Bibliografía 389 El grupo de trabajo 391 Agradecimientos 392

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